sábado, mayo 28, 2005

El olfato de Gianni Savio

Gianni Savio es un personaje peculiar en el mundo del ciclismo. Desde hace más de dos décadas dirige a un modesto conjunto italiano, el Selle Italia. Cada día, en las carreras, viaja como los demás directores en el coche del equipo, conduciendo las evoluciones de sus ciclistas. Cuando acaba la etapa, Savio se convierte en relaciones públicas. Se enfunda en un traje, con una corbata llamativa, y se acerca a la sala de prensa. Nunca pasa desapercibido con su bigote bien cuidado de color negro y su cabellera cana, bien peinada. Parece más un galán del cine italiano o un cantante del Festival de San Remo de los años sesenta que un director deportivo.
No se sabe cómo, Savio ha mantenido el equipo a flote desde 1985 con el patrocinio principal de una fábrica de sillines de bicicletas y un buen número de copatrocinadores, entre ellos Colombia, y más de cincuenta firmas modestas que apoyan económicamente a la escuadra. En todo este tiempo el Selle Italia ha conseguido 800 victorias y Savio se ha caracterizado por buscar petróleo en el ciclismo sudamericano. Además de ser asesor de la Federación Colombiana en el Mundial de Zolder, que ganó Santiago Botero en la modalidad de contrarreloj, Gianni rebusca en todas las carreras y ha puesto en el mercado a gente como Leonardo Sierra, Andrea Tafi, Nelson Cacaito Rodríguez o Roman Vainsteins. No se puede negar que tiene un buen olfato, y basta con observar a su último descubrimiento, José Rujano, que viene del desconocido ciclismo venezolano. El Selle Italia sigue siendo un milagro.

lunes, mayo 23, 2005

La imagen doliente de Basso

El ciclismo es sudor, esfuerzo, pedaladas, sacrificio. También es gloria, a veces. Y a veces decepción. El ciclismo es historia narrada a través de sus protagonistas, recuerdo en las hemerotecas, leyenda transmitida de viva voz por los aficionados, muchas veces deformada para buscar el dramatismo, el punto heróico. El ciclismo es también imagen. Imágenes. En blanco y negro y en color, fotografías color sepia o coloreadas a pincel, reveladas en el laboratorio o pixelizadas a través de las modernas cámaras digitales.
El ciclismo es Octave Lapize empujando su bicicleta en el Aubisque, poco antes de llamar asesinos a los organizadores del Tour; es Eugene Christophe bajando el Tourmalet en busca de una forja para arreglar la horquilla; es la imagen de Coppi y Bartali pasándose el bidón; es también la fotografía de Robic dormido, rendido por el cansancio, ante la mirada de sus gregarios en cualquier hotel de Francia. La historia del ciclismo está plagada de imágenes como la de Bahamontes comiéndose un helado en la cima de La Romeyere o tomando un tren, junto a su maleta de cartón, en la estación de Dunkerque después de abandonar. Es gloria en pequeño formato gracias a los fotógrafos que supieron sacar a Eddy Merckx majestuoso subiendo hacia las cimas alpinas rodeado de motos o a Indurain, como un extraterrestre en Luxemburgo; es drama en la persona de Tom Simpson tumbado sobre las piedras blancas del Ventoux mientras el doctor Dumas le hace el boca a boca, sin esperanza de reanimación. Es pelea, como la de Anquetil y Poulidor chocando sus hombros en plena ascensión al Puy de Dôme, o relajo como cuando las cámaras captaron a Koblet peinándose antes de salir a la carrera, o haciendo puños en Luchon con el as del boxeo Ray Sugar Robinson.
Cada carrera es una imagen y en jornadas como la de ayer en el Giro es más fácil encontrar el momento culminante, el instante que reduce a un segundo siete horas de etapa.
Llegó en el Stelvio, como muchas veces. Desde hacía once años que el Giro no se atrevía con el coloso dolomítico. Es terrorífico para los ciclistas. En su cima falta el oxígeno y siempre hace frío. En la primavera la nieve siempre blanquea sus laderas. Hace más de una década, los organizadores plantearon el doble reto del Stelvio y el Mortirolo. Indurain lo afrontó con entereza pero el cambio de temperatura fue brutal. Bajo cero en el Stelvio, más de 30 grados en el Mortirolo. El navarro sucumbió a una pájara en el Válico Santa Cristina, un puertecillo de segunda muy cerca ya de la meta. Sólo Pantani y Cacaito Rodríguez superaron el examen con nota.
Ayer fue Ivan Basso el que no aguantó, el que se rompió camino de la Cima Coppi, rodeado de sus compañeros de equipo llegó a duras penas al banderín verde que señala el alto. Allí se paró. Echó pie a tierra y con toda parsimonia comenzó a abrigarse. El coche de su equipo llegaba justo detrás. Se bajó Alejandro Torralbo, el mecánico. Después Bjarne Riis, el director, en manga corta y con gafas de sol, bronceado. Llevaba un forro polar negro, se lo colocó con mimo a su corredor. Un compañero se acercó y le ofreció más ropa. No la aceptó. Escuchó los consejos cariñosos de Torralbo y volvió a la carrera. Siguió hasta el final. Perdió más de 40 minutos. Es posible que hoy no salga a correr.

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