El ciclismo es sudor, esfuerzo, pedaladas, sacrificio. También es gloria, a veces. Y a veces decepción. El ciclismo es historia narrada a través de sus protagonistas, recuerdo en las hemerotecas, leyenda transmitida de viva voz por los aficionados, muchas veces deformada para buscar el dramatismo, el punto heróico. El ciclismo es también imagen. Imágenes. En blanco y negro y en color, fotografías color sepia o coloreadas a pincel, reveladas en el laboratorio o pixelizadas a través de las modernas cámaras digitales.
El ciclismo es
Octave Lapize empujando su bicicleta en el
Aubisque, poco antes de llamar asesinos a los organizadores del
Tour; es
Eugene Christophe bajando el
Tourmalet en busca de una forja para arreglar la horquilla; es la imagen de
Coppi y
Bartali pasándose el bidón; es también la fotografía de
Robic dormido, rendido por el cansancio, ante la mirada de sus gregarios en cualquier hotel de
Francia. La historia del ciclismo está plagada de imágenes como la de
Bahamontes comiéndose un helado en la cima de
La Romeyere o tomando un tren, junto a su maleta de cartón, en la estación de
Dunkerque después de abandonar. Es gloria en pequeño formato gracias a los fotógrafos que supieron sacar a
Eddy Merckx majestuoso subiendo hacia las cimas alpinas rodeado de motos o a Indurain, como un extraterrestre en Luxemburgo; es drama en la persona de
Tom Simpson tumbado sobre las piedras blancas del Ventoux mientras el doctor
Dumas le hace el boca a boca, sin esperanza de reanimación. Es pelea, como la de
Anquetil y
Poulidor chocando sus hombros en plena ascensión al
Puy de Dôme, o relajo como cuando las cámaras captaron a
Koblet peinándose antes de salir a la carrera, o haciendo puños en Luchon con el as del boxeo
Ray Sugar Robinson.
Cada carrera es una imagen y en jornadas como la de ayer en el
Giro es más fácil encontrar el momento culminante, el instante que reduce a un segundo siete horas de etapa.
Llegó en el
Stelvio, como muchas veces. Desde hacía once años que el
Giro no se atrevía con el coloso dolomítico. Es terrorífico para los ciclistas. En su cima falta el oxígeno y siempre hace frío. En la primavera la nieve siempre blanquea sus laderas. Hace más de una década, los organizadores plantearon el doble reto del
Stelvio y el
Mortirolo.
Indurain lo afrontó con entereza pero el cambio de temperatura fue brutal. Bajo cero en el
Stelvio, más de 30 grados en el
Mortirolo. El navarro sucumbió a una pájara en el
Válico Santa Cristina, un puertecillo de segunda muy cerca ya de la meta. Sólo
Pantani y
Cacaito Rodríguez superaron el examen con nota.
Ayer fue
Ivan Basso el que no aguantó, el que se rompió camino de la
Cima Coppi, rodeado de sus compañeros de equipo llegó a duras penas al banderín verde que señala el alto. Allí se paró. Echó pie a tierra y con toda parsimonia comenzó a abrigarse. El coche de su equipo llegaba justo detrás. Se bajó
Alejandro Torralbo, el mecánico. Después
Bjarne Riis, el director, en manga corta y con gafas de sol, bronceado. Llevaba un forro polar negro, se lo colocó con mimo a su corredor. Un compañero se acercó y le ofreció más ropa. No la aceptó. Escuchó los consejos cariñosos de
Torralbo y volvió a la carrera. Siguió hasta el final. Perdió más de 40 minutos. Es posible que hoy no salga a correr.