lunes, septiembre 26, 2005

Joane Somarriba deja huérfano al ciclismo femenino

De Bermeo a Madrid, de las faldas de la amama al podio del Mundial, a través de una Torrot verde de sillín alargado, o de la primera bicicleta de carreras de la tienda de Ciclos Soto de Algorta. Del autógrafo de Vicente Belda en la Subida a Montjüic a la autovía de Hamilton. De la concentración en Mallorca con el equipo ADO al podio de la Avenue Foch de París. Ha sido un viaje muy largo que terminó ayer. La maternidad deseada, los dolores de espalda, la amatxo enferma, la cabeza. Todo se junta para que la mejor ciclista española de todos los tiempos diga basta aún en plenitud.
Quiere descansar, junto a Ramontxu, que aún la anima para seguir. Quiere escuchar dentro de unos meses el llanto de un bebé en la planta alta de su casa de Gatika. Prefiere no tener que vagar de la consulta de un fisioterapeuta a la de otro para aliviar los dolores de una espalda en la que un médico de Pamplona se fijó para decir que parecía la de una mujer de 60 años.
Deja lo que más le gusta, el ciclismo. Ese veneno que le inyectaron en la Sociedad Deportiva Ugeraga cuando era una niña y que aún no ha podido expulsar de su cuerpo. El deporte que le animó a aguantar escayolada de la cabeza a los pies durante un verano interminable hasta que los médicos le dijeron que ya estaba casi curada.
Curada sí, pero de sus dolores, no del ciclismo. Así que cuando un día de invierno regresaba a casa de sus clases en Bilbao y se encontró en el salón una bicicleta con un lacito de regalo, se le volvió a abrir el cielo. Y el primer día dio una vuelta alrededor de su casa, pero al siguiente alargó el camino, y así día a día, hasta ser la que fue. Más que la que fue, mientras estudiaba y trabajaba en el restaurante de su madre, siempre de bote en bote, con una fama ganada a base de platos deliciosos elaborados por Regi, otra luchadora.
Seguramente, estos días, todos esos recuerdos habrán pasado por su cabeza. Como el minibús en el que viajaba junto a Dori Ruano y su novio camino del circuito de Hamilton. Pesimista como siempre, fuerte como nunca. Para destrozar a sus rivales en un recorrido durísimo, ideal para ella, una luchadora impenitente. También se habrá acordado de aquel amanecer de agosto, en el hotel Nervión de Bilbao. Con gusanillos en el estómago, haciéndole cosquillas mientras se vestía con el maillot amarillo de lycra, y desayunaba pensando en una jornada con la que siempre había soñado.
Aquel día fue uno de los más grandes. Salió con la bicicleta para subir desde el Campo Volantín hasta la Gran Vía, preocupada por la respuesta de su gente esa jornada en la que el Tour salía de Bilbao, y ya en la puerta se encontró una marea humana, que la jaleaba y la conocía. Miles de personas que la vitorearon cuando subió al podio tras ganar la crono que abría la carrera.
Y recordó, seguro, el día siguiente. El paseo en la segunda etapa de aquel Tour que ganó, por los lugares por los que tantas veces había transitado. Los organizadores, tan rácanos en otras cuestiones, fueron generosos con Joane y le regalararon una etapa por su habitual ruta de entrenamientos. Así que pudo saludar, como siempre, a la gente que todos los días le veía pasar junto al fiel Ramón, sin descuidar ni un instante su preparación.
Son, éstos, días de recuerdos para la campeona que se retira en plena madurez, cuando el ciclismo empezaba a ser rentable para ella, que en los Juegos de Atlanta recibía 2.500 pesetas al día para llamadas de teléfono, una miseria. Una más.
Y no fue la única discriminación que soportó para poder seguir haciendo lo que le gustaba, porque cuando, en Hamilton, ya era campeona del Mundo, tuvo que soportar hasta la humillación de que los hombres de la selección española pudieran elegir el postre en las comidas y ella, con la medalla al cuello, debía conformarse con lo que les sirvieran. Como los juveniles.
Allí mismo Joane lloró de rabia porque las asistencias no llevaban bicicletas de repuesto con los pedales que ella usaba, porque la UCI no permitió que los equipos de las mujeres utilizaran un vehículo propio. Era la más fuerte de la carrera en ruta. Lo sabía ella y lo sabían las demás, y por culpa de una reglamentación discriminatoria se quedó sin premio. Y aguantó hoteles infames en el Tour, cenas intragables y hasta que la policía retuviera a los equipos en un albergue porque los organizadores no habían pagado el alojamiento. Eso y más. Y aún así ama el ciclismo, su deporte, su alegría, su manera de vivir hasta ayer.
Ahora le espera otra cosa, otra vida. Pasa página. Lo peor es que tras ella llega el abismo. Nadie ha sido capaz de coger el testigo y el ciclismo femenino se queda huérfano.

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